Trump y la pequeñez geopolítica

Francisco Luis Benítez
Profesor del Máster en Comunicación Política y Empresarial de Vértice

Con motivo de la celebración de nuestra semana más verde por el Día Mundial del Medio Ambiente, desde INIECO hemos querido conocer en profundidad las consecuencias que podría tener la declaración de intenciones del presidente Donald Trump de aislar a Estados Unidos del Acuerdo de París (2015). En esta ocasión, contamos con el análisis crítico de uno de nuestros profesores del Máster en Comunicación Política y Empresarial de Vértice Business School, Francisco Luis Benítez.

 

Cuando un hegemón decide dar un paso atrás en su despliegue planetario, o bien tiene claros problemas internos y decide su repliegue o bien tiene problemas externos y decide dar un paso atrás para un reposicionamiento táctico y aumentar su capacidad ofensiva; y esto siendo muy esquemático.

Pues bien, el Trumpismo ha decidido abandonar su presencia mundial en todos los frentes posibles, lo cual deja espacios para ser ocupados por quien los reclame y la sociedad internacional, los acepte.

Lo que nunca hubiera imaginado, es que la cuestión medioambiental fuera la piedra angular sobre la que pivotara esta arriesgada (por no decir suicida) opción de la política exterior estadounidense. Una cosa es que la caterva de Bannon y adláteres (negacionistas climáticos y negacionistas “a secas” de casi todo) imponga sus criterios reduccionistas y aislacionistas, y otra es la de creerse este relato y llevarlo a la práctica más allá de lo que aconseja el sentido común (quizá en la actual Casa Blanca nadie lo tenga).

Algo sí está claro. La decisión de Trump de abandonar el Acuerdo de París sobre el Cambio Climático, diciendo que esto le costaría a EEUU millones y millones de dólares seguir en él (algo que brillantemente fue desmontado punto por punto por el Elíseo, tras uno de esos twitts sin sentido del POTUS) dejó tras su retirada un espacio que prontamente asumieron China y la Unión Europea. Si la intención fue la de herir de muerte a la lucha contra el cambio climático, la decisión que empareja a EEUU, con Nicaragua y Siria en el tablero internacional, debilita su capacidad de influencia y sobre todo empodera al hegemón emergente, China; y le da una nueva oportunidad de desplegar su influencia internacional a la maltrecha UE.

Pero aún hay más,  el enanismo político del actual equipo de la Casa Blanca (no es solo un problema de Trump o Bannon, también de Mike Pence, Jared Kushner o la mayoría de su Gabinete), no es compartido por un amplio espectro de la ciudadanía norteamericana. De un lado las grandes corporaciones como Apple, Microsoft, Exxon Mobile, Amazon, General Motors, Disney, Google, General Electric, por citar a algunas, ven en esta aventura una temeridad que no quieren aceptar y en este sentido ya se alza todo un estado como el de California, para ser el contrapeso institucional frente a las temeridades del actual inquilino de la Casa Blanca.

Y recordemos que todo esto comenzó por una doble índole: de un lado laminar el legado de Obama (el resentimiento, en democracia, nunca ha sido un buen argumento para construir políticas de amplia base) y de otro servir de cortina de humo (en otros tiempos muy fáciles de fabricar) para escurrir la presión mediática sobre los lazos entre Trump y el Kremlin.

Ni John Le Carré se hubiera imaginado nunca una trama tan fantasiosa para uno de sus fantásticos libros. Ni siquiera el relato de Philip Roth de “La conjura contra América” habría sido tan premonitorio. El final de los imperios nunca es abrupto, ni la caída de las grandes democracias. Todo comienza con pequeñas acciones que van laminando y cercenando la confianza y los derechos de la ciudadanía. Basta hacer un breve recorrido por las tres primeras décadas del siglo XX.

La cuestión es que un Estados Unidos comandado por Trump es una pesadilla geopolítica, un Estados Unidos comandado por Mike Pence puede ser la reencarnación de una obra de H.P. Lovecraft. Estaremos atentos. Lo único seguro es que nada volverá a ser como antes y será totalmente diferente bajo la premisa de la hiperincertidumbre.

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